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X FORO DE MAESTROS UNIVERSITARIOS LASALLISTAS
“El Aula como Nicho de Oportunidad de Formación Integral”
Mtro. Carlos David Domínguez Trolle
Director de la Escuela de Ciencias de la Educación
Universidad La Salle, México
13 de noviembre del 2003. El aula como espacio de oportunidades de Formación Integral
Introducción
La idea de formación integral se ha constituido en un problema fundamentalmente por la pérdida del rastro de sus orígenes. Pero su existencia es inherente al concepto mismo de educación.
En los tratados de historia de la pedagogía resulta ya un hecho y hasta una convención lo siguiente: cada sociedad traza los aspectos básicos para la formación de los rasgos característicos que sus miembros deben mostrar para incorporarse y participar activamente dentro de ellas. Esta referencia general indica la posesión “equilibrada” de aspectos objetivos y subjetivos deseables en las personas que constituyen la ciudadanía de un pueblo.
Para los griegos de la antigüedad, por ejemplo, la educación consistía en “...darle al cuerpo y al alma toda la perfección...”[1] de la cual eran susceptibles los seres humanos de su tiempo. Aquí los elementos cuerpo, alma y perfección destacan en sí mismos potencialidades y la suposición de que tales se encuentran en igualdad de condiciones para ser acrecentadas y mejoradas en algún sentido.
Aunque la importancia a conceder al desarrollo de uno u otro componente de la unidad cuerpo-alma quedan sujetos a la especulación, la popularización de la frase ‘Mente sana en cuerpo sano’- en realidad muy propia de la concepción educativa de los romanos-, tal vez haya contribuido a imaginar la forma que el mundo antiguo concedía a los equilibrios en el desarrollo de tales aspectos, idealizados en occidente como perfección[2]. Planteamiento acerca del cual se sabe muy poco historiográficamente hablando, pues si bien nuestra cultura en gran parte se asienta, entre otros, en los aportes del período mencionado, las representaciones del cuerpo y del saber ideales no cuentan con testimonios acerca de cómo se encontraban distribuidos en todos los individuos. Para esto puede resultar útil recordar que en la cuna de la democracia, sólo unos cuantos podían ostentar la condición de ciudadanos.
De todas formas, aquí se inscribe la idea de educación como formación[3], en tanto educar denota una acción conductora cuya orientación a la perfección obedece a las características socialmente establecidas en el contexto[4] de una civilización. Dirigir las potencialidades humanas hacia algo definido de antemano, significa asimismo evitar su dispersión, creando los ambientes propicios para su moldeamiento.
Semejante significado se encuentra siglos más adelante en las ideas pedagógicas y sociales de los humanistas, en el pensamiento renacentista, en la ilustración y aún en buena parte de las propuestas educativas racionalistas. Es tal vez Emile Durkheim quien logró acuñar con mayor sobriedad una definición de educación que contempla de manera más detallada la idea de formación al señalar que se trata de un hecho registrado en todas las sociedades consistente en “ una acción ejercida por una generación de adultos sobre una generación joven, con el fin de suscitar o desarrollar ciertos estados físicos y mentales...”[5]
El asunto cumbre en esta mención estriba, por un lado, en destacar a la educación no como un evento casual, sino más bien como una operación externa a quienes se encuentran en la posición de educandos, por otro que alguien designado la ejerce o ejecuta, en la clara intención de hacer emerger o desenvolver algunas facultades, corporales e intelectuales, ya dispuestas- tal vez como en un listado-en todas las personas.
En este sentido se hace necesario enfatizar que la definición no se refiere a todas las denominadas facultades, en todo caso si hubiese necesidad de cuestionar a cuáles apunta y por qué no a todas, el propio Durkheim responde, al incluir en los caracteres de la educación el papel del contexto de cada sociedad en lo particular, en la determinación de las mismas. Esto es, en ellas se define o indica de forma específica – dada la diversidad en cada una de éstas- cuáles aspectos deseables deben estar presentes en su ciudadanía.
Sin embargo, no obstante los límites que pudiésemos argüir sobre las expresiones del autor mencionado, hay ciertamente en esta aproximación una idea de formación, y también existe cierta preocupación por lo integral, al aludir a una dualidad de estados inseparables dentro de un mismo individuo. Hoy sabemos que Durkheim, sin referirse específicamente a los contenidos de la educación, consideró dentro de los “estados físicos” a las habilidades y destrezas, y dentro de los “estados mentales” a los conocimientos, los valores y las actitudes[6], bajo la posibilidad de ser orientados en algún sentido.
Por supuesto, al no aclarar las proporciones para ser desarrolladas en cada uno, la excusa más apropiada a prodigar al autor podría ser que la orientación disciplinaria de su trabajo se encuentra en el orden descriptivo a nivel sociológico y no tanto en el terreno de los aspectos pedagógicos.
Sin embargo, resulta de gran importancia destacar lo que según él es la constante en la observación de las comunidades históricas: es la sociedad quien determina a cuáles aspectos se les conceden más o menos importancia de acuerdo a sus necesidades de adaptación y cambio.
Las concepciones anteriores han sido presentadas al margen de una selección arbitraria. En realidad son dos de las expresiones de mayor contribución al desarrollo de numerosas teorías en el campo pedagógico. Fueron traídas a colación para mostrar lo siguiente:
a) El juego de palabras que nos hacen caer en trampas conceptuales al considerar que la educación y la formación requieren aclaraciones o precisiones innecesarias. En realidad son lo mismo.
b) No hay una y misma educación para todos los contextos; su concepto y su praxis dependen de la idea social en cuanto a las necesidades de formación para las nuevas generaciones que se van a desempeñar como adultos en el futuro.
c) En cuanto a lo integral, su caracterización refiere a una diversidad de posibilidades, pues por una parte si la educación considera al hombre como tal, éste se encuentra constituido como una unidad articulada de potencialidades y/o facultades internas y externas.
d) El problema real consiste en la proporción de los aspectos a desarrollar en dichas facultades humanas para configurar el equilibrio o bien la perfección y cómo llegar a lograrlo.
Este es el punto nodal del intercambio con Uds. el día de hoy. Dado que cada una de nuestras instituciones es una Universidad Lasallista, ellas cuentan con un concepto de formación y una propuesta organizativa para su realización en el campo global de los quehaceres curriculares. Acaso para enfatizar la importancia en la preparación de nuevas generaciones de profesionales en el ámbito de la cultura y de los valores humanos y no sólo en las competencias científico-técnicas, insisten en la formación integral. Por esta razón, cubriremos en líneas generales nuestra concepción educacional dirigida al campo de los profesionistas; haremos una descripción muy general del currículo universitario y trataremos las particularidades del quehacer posible en el aula con referencia a estos dos últimos aspectos.
El Concepto de Formación Integral en las Universidades Lasallistas:
Nuestro arranque inicial es muy simple, parte de una de las convenciones mas añejas en el campo de la reflexión pedagógica: todo proyecto educacional debe sostenerse en una concepción de hombre y mujer ideales, apuntar hacia una idea de sociedad a la que se aspira y referirse a los medios adecuados para hacer posible ambas aspiraciones.
1. La Visión Global del Origen:
El planteamiento de formación integral de la universidad La Salle contiene puntualmente estos elementos. Tales se pueden observar en la declaración pública de su ideario en cuya fundamentación se expresa una amplia visión filosófica y teológica como respaldo orientador de sus funciones sustantivas, entre las cuales la concepción educacional para los futuros profesionistas tiende a rebasar las perspectivas comunes de numerosas Instituciones de Educación Superior de nuestro país.
Por una parte la concepción de hombre y mujer en nuestros establecimientos universitarios se encuentra en correspondencia con lo que en nuestro entorno conocemos como Instituciones de Inspiración Cristiana. Independientemente de que para otros también pueda serlo, particularmente para el académico lasallista, la motivación central para desarrollar sus actividades y hacerlas trascender se encuentra en el Evangelio. En específico, al sostenernos libremente en la creencia de que todo procede de Dios, asumimos plenamente que detrás de toda ley o principio explicativo acerca del universo, de la naturaleza y de nosotros mismos, hay un Plan Superior Generador, base de desenvolvimientos ulteriores, mismos que obedecen a la Voluntad de Nuestro Padre.
Seguidamente, creemos que al ser parte de la Creación, desde la existencia primordial, el género humano apareció con alma y cuerpo como unidad, dotado de inteligencia y de libertad. La primera de estas dos últimas, para descifrar los fundamentos del Plan de Dios y a través de ello conocerlo; la segunda para optar por Él y amarlo[7]. Asimismo, siguiendo los testimonios del Evangelio, sostenemos la idea de una falla en las decisiones humanas desde el Pecado Original a partir del cual equivocamos el camino de la Eternidad para acompañar a Nuestro Señor, y que Jesús fue la gran oportunidad otorgada por Dios Padre, para que por su mediación fuésemos reivindicados.
2. La Dignidad de la Persona Humana:
El segundo aspecto en el que se respalda el concepto de Formación Integral es también un tema de sin igual riqueza para los académicos lasallistas. En realidad se trata de una asunción antropológica en correspondencia con la manera particular en que en nuestra institución tratamos de vivir todos los días; esto es, desde la perspectiva de un Dios único e infinito, creador de todo cuanto existe.
Derivado de lo anterior, no obstante la falla originaria de la cual, entendemos, Jesús vino tiempo después con intenciones salvíficas, nuestro trabajo de formación de jóvenes profesionistas se sustenta en una asignación maravillosa: el género humano es imagen y semejanza de Dios, es por eso mismo una criatura digna[8], especie distinta y superior a las demás.
La denominada superioridad, caracterizada por la razón- en nuestro caso equivalente a la noción de cualidad exclusiva del espíritu- que es parte de su naturaleza, se registra de manera única e irrepetible en cada ser. De ahí la idea de persona como algo irreductible e indefinible, en contraposición a una designación genérica para ser tratada de manera masiva. Sin embargo, es en la existencia de la persona, desplegada como un modo de ser que le pertenece en continuidad con su naturaleza, es decir propiedad suya pero sin constituirla[9], en donde el hombre opta por aplicar su capacidad para pensar y actuar autónomamente en algún sentido.
Es aquí donde la responsabilidad y la libertad inherentes a nuestro género, pueden ser comprendidos formando parte de la naturaleza humana para trascenderla en su sentido individual.
Al recuperar estos conceptos puede tenerse claro el sentido de perfección singular que nos devuelve de nueva cuenta a la mención de dignidad.
3. El sentido de comunidad de personas:
El tercer aspecto a resaltar dentro del bagaje conceptual de la Formación Integral es el de comunidad. Asumimos que la persona es en la proporción de lo puesto en ella misma como parte de su naturaleza. Pero, en buena medida, su realización está destinada a la convivencia. Tal idea se desprende de la comprensión de numerosas muestras en el Evangelio. Una fundamental es aquella que identifica a Jesús como fundador de nuestra Iglesia, entendida como comunidad de creyentes que adoran como pueblo a su Dios.
Sobre este punto es necesario advertir contra posibles falseamientos de significado: la comunidad formada por El Hijo de Dios no trata de un conglomerado numérico, pues su importancia no estriba en su masividad. La comunidad apela a unidad fraterna y a colaborar en la reconstrucción del Reino. Luego, una comunidad, desde el punto de vista cristiano, es identificada por que su constitución se encuentra dada por personas dispuestas a apoyarse como hermanos, su fundamento es la generosidad y el amor.
“Dios ha querido que los hombres formemos una sola familia, el amor de Dios y del próximo es el mandamiento mayor.”[10]
La riqueza de nuestra concepción de comunidad consiste en que acepta ser extensión y actualización de la inspiración cristiana propia de las personas identificadas por el interés de conducir sus vidas por la ruta del desarrollo de sí mismas al propio tiempo que de las demás, inscritas en la esperanza de Dios y su Hijo.
“El hombre única criatura a la que Dios ha amado por sí mismo, no puede encontrar su propia plenitud, si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás ”[11]
De la misma manera, da cuenta de un pronunciamiento contra el individualismo y el colectivismo despersonalizador. Tendencias propias de las dos últimas organizaciones sociales de nuestro tiempo[12]. Por ello, la esencia de la vida comunitaria por la cual nos pronunciamos se inspira en el amor fraterno, posible de sostener entre personas capaces de reconocerse en otras y crecer dispuestas a construir, en la libertad, el vínculo para trascender la inmediatez de sus actos.
El cierre de estas consideraciones elementales se encuentra en la manera en que nuestro fundador reflexiona el papel de la educación y que los Hermanos de las Escuelas Cristianas han hecho florecer en prácticamente todo el mundo: se trata de un medio para la evangelización en la cual se busca cultivar y acrecentar la fe, fortalecer los lazos de amor y unión entre las personas (fraternidad-comunidad), lo que debe motivar al desarrollo de una actitud siempre dispuesta al servicio de los más necesitados[13], siguiendo las consignas del Padre y las enseñanzas del Maestro Jesús.
Como puede observarse el resumen anterior toca en lo general los ejes conceptuales que permiten confirmar la existencia de los referentes básicos de nuestra concepción de formación integral. Partimos entonces de la esencia del hombre: su dignidad y superioridad; enseguida de la concepción de persona como alguien irrepetible, capaz de realizarse en comunidad en donde la razón, elemento que es parte de su naturaleza esencial, le permite discernir y optar en el mundo en el que se encuentra el registro ( cuerpo) de su presencia activa.
Sólo habrá de añadirse que si bien, en la existencia, la persona es capaz de pensar y sentir, es absolutamente necesaria una aceptación que le otorga sentido a las tareas de formación: la composición humana se encuentra constituida por alma y cuerpo como unidad y ésta puede ser inducida al bien. Por este carácter inseparable no es posible un sano desarrollo de uno sin afectar al otro, de esta manera se define la necesidad de atenderlos en igualdad de condiciones, tal es el sentido de lo integral; se añade además la intención de procurar el desenvolvimiento de esta unidad en sus dos dimensiones, cuidando la respectiva importancia que tienen ambas, a lo que se le denomina equilibrio. La siguiente cita da cuenta muy clara de nuestras intencionalidades formativas:
“...Al cuerpo debe atenderse satisfaciendo sus necesidades vitales y cuidando su salud; desarrollado su fuerza y sus aptitudes y enseñándole a subordinarse siempre a la razón. Su sensibilidad debe ser educada para percibir con sutileza cuanto hay de bello en el mundo de la naturaleza, en el de la creación humana, y también en el de las acciones humanas. La imaginación y la memoria deben desarrollarse, la primera para impulsar las aptitudes creativas del hombre, y la segunda para servirle como precioso instrumento para conservar toda clase de experiencias vividas, incluidas las cognoscitivas, y con las que se integra un acervo exclusivo y una historia personal. La razón es la facultad del ser humano que le permite abrirse paso por el complejo mundo de la realidad, desentrañando su trama y explicándose sus fenómenos. La atenta observación de los mismos constituye el punto de partida, para que el hombre descubra sus leyes, elabore teorías y construya la ciencia. Para lograr este objetivo final, la razón sin duda debe ser educada. Finalmente la inteligencia, a la que debe distinguirse de la razón propiamente dicha. La inteligencia es la facultad que se abre al ser. Es la que capta el sentido íntimo y total de la realidad, percibiendo sus límites e intuyendo que tras lo finito se encuentra “lo infinito”; tras de los seres del universo, el Ser Absoluto; más allá del tiempo, la eternidad. La inteligencia es lo que hace al hombre capaz de trascender su entorno mundano, y por vocación está llamado a hacerlo, porque sólo así se encamina hacia su verdadero y último destino”[14]
La extrapolación concreta de las líneas anteriores, en el ámbito de las actividades universitarias lasallistas es la siguiente: como instituciones de educación superior operamos sobre la base de tres funciones sustantivas, la docencia, la investigación y la extensión; sin embargo se trata de ir más allá de los intereses netamente academicistas especializados. Entre otras orientaciones, se busca que la formación de quienes egresarán de nuestras aulas se encuentre caracterizada por una amplia y sana visión del mundo y de la cultura y una actitud de servicio a través de las respectivas profesiones en las que se preparan. Al propio tiempo, se pretende cultivar una posición de compromiso con los problemas nacionales desde la perspectiva del respeto al Estado de Derecho, y una identificación en torno a la vocación cristiana, sin desconocer la necesidad del dominio eficaz en el ámbito profesional.
El Curriculum Institucional de la Universidad Lasallista
Es propio pensar que los elementos anteriores en gran medida expresen las intencionalidades formativas o las aspiraciones de nuestras instituciones universitarias en ese terreno. Es parte de la operación normal en su interior hacer que su realización se convierta en algo viable. En las Universidades La Salle las distintas nociones que conforman el concepto de Formación Integral logran ser aterrizadas sobre la base de un currículo global de valor central para todas las dependencias cuya responsabilidad es desempeñar una serie de roles y tareas con el propósito de hacer posible su logro en los hechos.
Entendemos el currículo institucional como una forma de organización de la operación global de nuestras respectivas instituciones en torno a los propósitos de formación integral que incluyen una variada gama de oportunidades y servicios procurados para asegurar que el estudiante alcance su desarrollo como persona del modo en que lo concebimos: atender todas sus dimensiones como son:
a) la espiritual
b) la intelectual
c) la social
d) la técnico-profesional
e) la cultural y humanista y
f) la física.
Por ello debe ser muy bien reconocida por todo el personal académico la representación de esta idea. En el centro se encuentra la formación pretendida en nuestros estudiantes. El esfuerzo por hacer integral se refleja en los seis sectores de atención destacados en los incisos previos, mismos que debemos procurar con el mismo énfasis e importancia. Las acciones en específico para su ejecución se encuentran en manos de distintas instancias de nuestras universidades: las Escuelas, las Facultades y el Posgrado, así como las distintas dependencias encargadas de las Humanidades, la Pastoral, el Servicio Social, la Difusión Cultural y los Deportes, tal y como puede observarse en la figura siguiente:
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La esfera o dimensión intelectual y la técnico-profesional cuya preocupación es el desarrollo de habilidades profesionales ( teóricas, metodológicas y técnicas) es ocupación específica de las Escuelas, Facultades y aún del Posgrado. Su tarea estriba en proponer y mantener en operación los planes y programas de estudios de las distintas ofertas profesionales y de posgrado, a través de las actividades curriculares y extracurriculares, bajo la conducción directa del personal académico. Aquí el estudiante obtiene las herramientas para incursionar en el campo de una profesión determinada. Se trata de una tarea compleja de producción, evaluación y distribución de conocimientos altamente especializados y cambiantes que son, en parte, motor de las grandes transformaciones de la sociedad contemporánea en la cual debemos estar siempre alertas e intervenir a través de la actividad que genera investigaciones relevantes y en donde la docencia crítica y propositiva coloque controles racionales a los excesos interpretativos y aplicativos del avance tecnológico y científico. Al inmiscuir a nuestros alumnos en esta lógica, tanto las Escuelas y Facultades como el Posgrado, no cabe la menor duda, se siembra favorablemente desde nuestro ideario universitario, en el ámbito del desenvolvimiento de las profesiones en nuestro mundo.
Para el desarrollo espiritual de nuestros alumnos juega un papel muy importante la Pastoral Universitaria. Su función se liga a todo un conjunto de acciones orientadas a acrecentar y madurar la fe a través de una ambientación sana y de libertad. Es propio de esta dependencia organizar e invitar a la participación en convivencias; crear espacios de reflexión bíblica; atender y acompañar inquietudes del orden interior; hacer accesible los servicios religiosos y sembrar una visión de la moral propia de nuestra visión inspirada en la fe cristiana y católica. Sustentamos que el fundamento de nuestra tarea educativa es la evangelización; buscamos que en nuestros jóvenes resida la vivencia de Nuestro Señor y su Hijo, por ello pensamos en la necesidad de conocer para acrecentar la fe entre aquellos en los cuales exista y entre los que no, para que alcancen a comprender el fundamento de nuestras inclinaciones y se eduquen en la tolerancia y el respeto a los asuntos más trascendentales que estamos dispuestos a compartir.
El Servicio Social Interdisciplinario es el lugar en donde se atiende la formación social del estudiante bajo nuestra perspectiva lasallista, altamente influida por el personalismo comunitario[15]. Aquí se realiza un intenso trabajo de relación con el mundo exterior a la universidad, con el fin de contactar espacios reales en donde nuestros alumnos puedan prestar su servicio social, y se supervisa que adquiera el tono deseado: un verdadero compromiso de aportación a la comunidad por parte de los jóvenes, aprendizajes interdisciplinarios y aplicativos, el desarrollo de una conciencia compartida de los problemas nacionales y la sensibilidad de un ciudadano con su entorno inmediato. Se trata de remontar el marco burocrático en el que ha degenerado esta práctica en las instituciones de educación superior y dotarlo de enormes posibilidades formativas, al buscar entre otras actitudes, el desenvolvimiento de la generosidad y la sensibilidad de nuestros estudiantes como personas.
No es de menor importancia el rol de las Humanidades cuya función primordial es incorporar al estudiante a una visión amplia del mundo desde los fundamentos de un enfoque que privilegia entender el significado del hombre y su realización como especie superior. Tal intención se concreta con la impartición de una serie de seminarios, hoy ya integrados a los planes de estudios de cada una de las carreras y con profesores especializados en el manejo de los temas que han sido determinados tras un largo y prolongado esfuerzo de auscultación entre la comunidad del sistema de universidades lasallistas de nuestro país. En este sentido, es importante resaltar cómo en nuestras instituciones educativas tratamos de colocar, como valor central, el sentido de la trayectoria humana en la perspectiva cultural del humanismo cristiano, sin desconocer, claro está, otras vertientes explicativas de enorme importancia cultural. Es aquí donde nuestro estudiante puede apreciar los fundamentos de su naturaleza en el entorno más inmediato, en correspondencia con el devenir de los órdenes sociales prevalentes, así como ubicarse o pronunciarse en contra del individualismo consumista y el comunitarismo mecanicista, propio de los entes concientes de su ser como personas.
Por su parte el desarrollo cultural de nuestros jóvenes se encuentra a cargo de una serie de dependencias encargadas de la Difusión Cultural, así como otras muy diversas referidas al acervo de bibliohemerográfico, el uso informático y el fomento de los idiomas. La importancia de las acciones que se realizan por cada una de ellas reside en la distribución de herramientas contemporáneas exigidas hoy para un desenvolvimiento pleno de nuestros alumnos en un entorno de competencias profesionales muy cerradas en el marco de la sociedad contemporánea. Del mismo modo, el perfil de un profesional más completo pretende ser alcanzado a través de las aptitudes literarias, del teatro, del cine, de la danza y la pintura, asuntos en donde el enfoque formativo de nuestras instituciones es pionero, cuya preocupación, estrictamente hablando, es la del enriquecimiento de nuestros egresados con el valor de la apreciación-realización en un campo minado por los tecnicismos y el vacío de los simbolismos más acabados de la actividad humana pertenecientes a la expresión del orden de lo estético.
Finalmente la oportunidad de que nuestros alumnos adquieran o continúen un óptimo desarrollo físico se encuentra a cargo de la Coordinación de Deportes. Esta dependencia se encarga de organizar y mantener en marcha permanente una gran cantidad de programas orientados a la educación física, al entrenamiento en varias disciplinas del mismo corte y a la competencia deportiva. La relevancia de estas actividades consiste en mantener un espacio vivo de convivencia sana y de esparcimiento mental y físico en donde nuestros jóvenes adultos no vean interrumpidas sus inquietudes en torno a la salud y al deporte, procurando que sea percibida como la continuidad su propio desarrollo orientado a la búsqueda de un perfeccionamiento personal, lo que no es común observar en numerosas instituciones que ofertan servicios de educación superior.
La formación integral en el aula:
El apartado anterior da cuenta de seis aspectos que para la institución universitaria lasallista son necesarios abarcar durante el proceso educativo de los estudiantes. Al reconocer en cada uno de ellos a la persona como unidad, es importante destacar que las distintas acciones a cargo de las dependencias enumeradas no deben operar al margen unas de otras; si bien cada una de ellas tiene responsabilidades muy concretas, el eje motivador de tales acciones es la atención integral al alumno.
El problema es cómo resolver este asunto. Pues bien, al margen de los hechos que ocurren cotidianamente en nuestras respectivas instalaciones, en donde el trabajo es susceptible de poderse desviar del eje rector que debe servir de orientación[16], un primer paso es mantenerlo como referente central por parte de todos los protagonistas de la organización y ejecución de las tareas dirigidas a la formación del alumno, independientemente del nivel jerárquico.
Nuestra actitud atenta, también debe ser vigilante y crítica respecto a los desvaríos siempre presentes[17] en cualquier espacio institucional. Esto quiere decir, por vocación, dedicarnos a cumplir suficientemente bien nuestro trabajo, plenamente conscientes de que se trata de una tarea ligada a un fin trascendental y esforzarnos constantes en la línea de esa motivación fundamental. Pero enseguida, observar a nuestros compañeros para reconocer sus aciertos y emularlos, aunque también ocurra la necesidad de señalar, ayudar o en su defecto reclamar en correspondencia con un cumplimiento apegado a nuestras aspiraciones de formación de jóvenes en la línea de nuestro perfil de instituciones de inspiración cristiana, universitarias y lasallistas[18].
Por otra parte, si bien los trazos demarcativos están suficientemente determinados entre las dependencias, debe ser iniciativa de los actores dentro éstas construir todos los días los vínculos que garanticen enlaces entre acciones para evitar segmentaciones y aún polarizaciones entre zonas que pretendan, deliberada o inercialmente, privilegiar un aspecto por encima de otro para crear luchas entre intereses legítimos, pero nocivos en torno a las intencionalidades formativas que son el motivo central.
a) Los preliminares del aula en lo particular:
Este punto a tratar, es de gran importancia para nosotros el día de hoy. Tomaré como objeto de análisis particular el aula, lugar muy común para la mayor parte de los que estamos presentes.
Se trata de un espacio de confluencia de muchas personas; ahí tiene lugar una innumerable cantidad de interacciones; su aislamiento momentáneo, independientemente de los cuestionamientos posibles a la sobresignificación que haya podido tomar su diseño arquitectónico en la historia del pensamiento pedagógico, lo mismo respecto al valor de las críticas a que se ha hecho acreedor el aparato escolar[19] y sus dinámicas internas, posee y aún conserva una lógica: privilegiar la abstracción y la concentración de los estudiantes en torno al estudio de los contenidos formativos e introyectar el orden y la disciplina del actuar racional propio de los seres humanos, conglomerados por el interés de saber[20].
El aula entonces es un lugar privilegiado para la realización de la mayor parte de las actividades de formación de nuestros estudiantes. En efecto, no el único, pero sí el que es vislumbrado comúnmente como el medio natural del mentor y sus discípulos o bien del mediador y los participantes. Han sido inventados e imaginados otros lugares posibles, aún virtuales, pero éste continúa vigente hasta el momento. Así que es imprescindible intentar recuperar dentro de él las mayores garantías que todavía puede darnos e introducir numerosas ventajas metodológicas retomadas de las reflexiones socio y psicopedagógicas para darle mayor movilidad a su utilización.
¿Qué debería pasar en el aula en relación con la cuestión que nos reúne, es decir como espacio de formación integral, en una institución de enseñanza superior perteneciente a un circuito de obras inspiradas en la tradición lasallista? Pues en primer lugar deberemos reconocer un ambiente organizado materialmente para el desarrollo de una serie de prácticas comunicativas con estilos de participación muy diversos entre los actores, en torno a un contenido.
Desde la transmisión más tradicional hasta los procesos de mediación innovadores, lo más inmediato en la mente de los sujetos que lo ocupan, es el contenido el objeto central, digamos el pre-texto, de todo tipo de aproximaciones comunicativas posibles entre ellos. El personal académico entonces, sea cual sea el grado alcanzado en sus estudios, su experiencia docente o profesional o bien su pericia o saber acumulado, debió pensar con mucha antelación, acerca de cómo garantizar la apropiación de los elementos nodales que intentará formen parte de las reflexiones y las nuevas reconstrucciones, propias de los estudiantes en las asignaturas correspondientes.
El aula entonces, si bien un espacio organizado primordialmente para este tipo de acciones, también está a la espera de ser ocupado para realizar una dinámica planeada ex profeso. Es aquí justamente en donde debemos parar para hacer un autoexamen. Sin lugar a dudas el académico de corte lasallista tiene entre sus principales características lo que suele mencionarse como “el preparar la clase”. Esta idea convertida hoy a la jerga lingüística escolar, significa lo siguiente:
Al recibir un programa de mano de las autoridades, éste es revisado por el profesorado con mucha atención; inmediatamente después externa los puntos de vista apropiados y atiende las explicaciones y recomendaciones acerca del mismo, como también de los estudiantes que estarán bajo su encargo. Digámoslo así, se sondea el terreno acerca de hasta dónde se podrá llegar en más o menos temas, con unos o con otros autores del acervo bibliográfico, considerando su pertinencia y actualización. Posteriormente se hacen las adecuaciones admitidas en las unidades en que se dosifican lo temas y se anticipan las estrategias de trabajo y los medios o recursos para su ejecución posterior.
Hasta ahí queda descrita una situación ideal o real, según sea nuestro modo de ver. Sin embargo, con independencia del tipo de contenido del cual seamos especialistas y/o hayamos sido llamados a coordinar, este es un momento en el que debemos contemplar y aplicar nuestro conocimiento e interiorización del ideario y del currículo institucional lasallista; otro momento es el de la actuación en el aula.
Particularmente, no basta una lectura de la declaratoria pública de lo que es nuestra institución. Lo plasmado en el ideario ha debido ser objeto de un esfuerzo de introyección muy profunda, y lo que sigue es documentar la lógica de nuestro currículo institucional, así como observar su realización cotidiana en el interior de nuestro establecimiento y sus impactos externos. Posteriormente, es nuestro deber como profesionales de la educación superior, acercarnos y preguntar cómo se opera en cada espacio; asimismo reconocer cómo contribuimos con él o podríamos hacerlo en nuestro quehacer cotidiano.
En efecto, por tomar un ejemplo, un docente del área académica puede hacer cantidad de reflexiones al respecto y añadir otras más, pero eso tan sólo no será suficiente. En el ámbito de las diversas disciplinas científicas en las cuales se alimenta una asignatura, materia o un seminario, en cualquier carrera de licenciatura y aún en el posgrado, quienes operamos en el aula debemos considerar de la mayor relevancia confrontar la tradición epistemológica dominante en la cual se asientan buena parte de los discursos académicos actuales. Querámoslo o no, cuando emitimos una serie de comentarios y juicios sobre ciertos aspectos disciplinarios o de los ámbitos profesionales, lo mismo cuando los obviamos, tal acción de suyo cobra un propósito expreso, ya de parte nuestra o bien adscrito por el estudiante. Con ello se orienta la experiencia bisoña de quienes aparecen frente a nosotros en situación de aprendices. Pues bien, en ese sentido es importante enfatizar de cara al alumno las características objetivo-funcionales de la ciencia actual que sirve de fundamento al desenvolvimiento de las acciones de numerosos profesionistas en activo; pero de mayor importancia es abordar y extenderse en lo que se ha tenido de pérdida teleológica y los costos en el terreno de los valores humanos, como la generosidad, la bondad y la solidaridad, etc.
Sin embargo, al reparar en la tradición causalista devenida en posturas positivistas sobre la identidad de la ciencia-extendida aproximadamente a finales del S. XVI con un peso determinante en la actualidad-, en torno al interés explicativo, predictivo y de control de la naturaleza[21], habrá que agregar, en correspondencia con nuestro ideario, una serie de planteamientos cuya intención debe ser matizar y, podría decirse, humanizar esta tendencia ideologizada de dominio acerca de los fenómenos, que suele correr el peligro de extrapolaciones excesivas en el campo aplicativo de las profesiones. Es nuestro deber lasallista sembrar la comprensión más profunda de los acontecimientos externos a la voluntad de los sujetos y desmitificar las generalizaciones mecanicistas, en donde la idea del hombre como persona pierde significado.
Ciertamente, el control de la naturaleza es uno de los enfoques del discurso científico dominante. Ponerlo al servicio del hombre requiere del conocimiento del mismo, pero al descolocar y a menudo borrar a la figura humana, creación divina por antonomasia, se tienen severas implicaciones en el campo fáctico de la vida moderna: el exterminio de los recursos, la explotación irracional de los mismos, el consumismo individualista, los errores y burdos abusos en los mecanismos de distribución de oportunidades y derechos sociales, etc. asuntos en donde la precisión especializada de numerosos profesionistas deja fuera a los sujetos afectados.
El mantenernos sin introducir ninguna alusión a los límites del enfoque cientificista, en la previsión de los contenidos programáticos, desde la perspectiva de un profesor con formación lasallista, es probable que ello no permita cuestionar, con la utilidad de nuestros valores como herramienta, asuntos de interés respecto a la vida incluyendo la humana ¿Para qué abordarlos entre las tareas de Humanidades o de Pastoral si no serán rescatados en el campo de la formación teórico metodológica de nuestros estudiantes? Dejar de pensar en ello, significa permitir que en la percepción de nuestros jóvenes quede el registro de los diversos contenidos formativos como átomos dispersos e inclusive opuestos, a modo de opciones de catálogo dejadas a la libre determinación, sin más criterio que el azar de por medio.
Nuestro propósito, entre otros, es que los jóvenes sean capaces de formular una concepción del mundo y de la vida orientada por un interés de emancipación del hombre a todos niveles, en cuyo centro está la continuidad de la existencia toda y la humana en lo particular, recorrida en su interior por el Espíritu, como aliento primordial.
En cierta forma, guiados por nuestras buenas intenciones personales, pero más bien por las de nuestro ideario- ante las cuales no debemos eximirnos o eliminarnos- es de gran importancia introducir antes, durante o después del cumplimiento de un tema este tipo consideraciones. Luego entonces debemos anticipar su inserción como parte del contenido a desarrollar. Su tratamiento posterior y la constancia de aludir a estas cuestiones, es una manera de construir formación integral en el aula.
b) El tema de los medios más adecuados para los fines de la formación integral
En la clase en particular, una vez que los profesores han planeado debidamente y seleccionado los temas en razón de su pertinencia respecto a los propósitos de un programa escolar, así como los recursos y los modos y maneras óptimas para su abordaje, esto último, antiguamente reconocido como metodología y en forma reciente como estrategias, puede proporcionar un camino y, a su vez, una extraordinaria oportunidad para aumentar el caudal de opciones vinculatorias entre los contenidos disciplinarios y las acciones e intenciones particulares de por lo menos las áreas de pastoral, de humanidades, de servicio social y de las diversas actividades culturales, incluyendo a las de los idiomas y la computación.
De nueva cuenta les propongo hacer un corte en nuestras reflexiones e introducir otras para recuperar las primeras sobre el camino. Hoy es de uso común la crítica hacia el estilo ortodoxo de la clase en donde se privilegia el uso de la palabra profesoral. En su lugar desde hace mucho tiempo ya cobró importancia la introducción de medios alternativos en el aula como la imagen, el sonido, los colores y los intercambios discursivos entre los estudiantes y entre los profesores, lo que suele ambientar de manera más participativa y/o atractiva el entorno de los esfuerzos áulicos.
Independientemente de los excesos de la crítica hacia el primero y las creencias virtuales sobre las bondades de las innovaciones[22], lo cierto es que se trata de dos medios posibles para realizar el trabajo de formación de nuestros aprendices.
En efecto, resulta importante reconocer que las transformaciones en la vida democrática registradas en la organización social contemporánea, se encuentran en correspondencia con las aspiraciones de sus miembros por un nuevo orden de cosas. Es propio aceptar que las corrientes de influencia política que impulsaron estas transformaciones hayan permeado los quehaceres cotidianos en los establecimientos educativos y que la emergencia de nuevos planteamientos para el accionar académico, más adecuados a estas circunstancias, tengan mayor aceptación en las preferencias de los protagonistas actuales de los procesos escolares. Pero ante el desmantelamiento de los estilos profesorales tradicionales, suele perderse de vista la necesidad de mantenerlo como un recurso más cuya adopción temporal, lo mismo que las innovaciones introducidas en los últimos años, depende de las características de nuestro estudiantado universitario, de las intencionalidades educacionales inmediatas y de las dificultades del objeto central denominado contenido. En cambio puede suceder que tanto profesores como estudiantes hayamos llegado a conceder una importancia exagerada a las formas de presentación de la clase, al activismo participativo y aún al divertimento. En ambas situaciones hipotéticas es necesario recuperar la conciencia en favor de la formación integral, un tanto ahogada en la operatividad didáctica, por momentos también rutinaria y corta de miras en otros.
En el primer caso, una buena exposición, en ocasiones detenida en sus giros conceptuales, puede hacer llegar preguntas de cierto grado de complejidad cognitiva a los estudiantes -y aún- que impliquen interpelaciones directas en torno a opiniones personales, en donde ellos mismos se encuentren obligados a introyectar e incluso a responder y de este modo (dar a) conocer su grado de compromiso en el terreno de su propia formación integral. En el segundo, el uso de los recursos de audio y/o video igualmente debe permitir evitar reduccionismos conceptuales e ir más lejos del contenido inmediato hasta ligar con los principios y valores que se desprenden de la comprensión más profunda, procurada en otras áreas que comparten tareas de formación.
Lo que viene prevaleciendo en muchas aulas de educación superior, es la descalificación estereotipada a los estilos tradicionales y una sobrevaloración, igualmente estereotipada y aún descuidada, de la innovación. Pero ambos son medios, es nuestro deber recordarlo para otorgarles el lugar que le corresponde a cada uno.
Por cuanto hace a las dinámicas participativas en el aula, sin desmedro de sus ventajas educativas, el cuidado debe ponerse en la no trivialización que privilegia el juego, el activismo o la catarsis grupal por encima de la lectura extendida o analítica, de la observación de procesos, de la búsqueda de información, del intercambio guiado sobre criterios y puntos de vista acerca de la realidad, pero sobre todo de las reflexiones trascendentes. Esto último constituye una parte muy importante de la formación integral.
En los hechos, el profesorado lasallista universitario debe procurar mantenerse alerta y distanciado de la infantilización del recurso lúdico de tal modalidad contemporizada de la enseñanza activa, con ligereza frecuentemente asociada a buenos desempeños y sólo ocasionalmente útil. Esto sucede cuando hay un manejo inadecuado o poco cuidadoso al no meditar sobre los alcances formativos de las dinámicas participativas en contextos de jóvenes adultos.
Pero más importante aún es mencionar la necesidad de recuperar, regenerar y promover estrategias que impliquen la formación de pequeños grupos de trabajo entre nuestros alumnos, con el fin de cultivar compromisos cooperativos entre ellos en torno a la indagación de asuntos relevantes para el enriquecimiento y extensión de los contenidos escolares; para la puesta en común de ciertas nociones de coyuntura; para analizar y resolver problemas, o bien para construir sus propias conclusiones sobre sus respectivos campos disciplinarios y profesionales en el ámbito de la vida social. Y en ello mismo hacer los esfuerzos conducentes para favorecer las extrapolaciones necesarias hacia otros contenidos del mismo valor formativo a cargo de otras dependencias como son las concepciones humanisticas, las reflexiones espirituales, el significado de las artes en la vida de una persona, los problemas nacionales y el compromiso con el cambio; los valores como la generosidad y la solidaridad, el amor, la justicia, etc. Todo ello interés propio de la formación lasallista, en correspondencia con el campo profesional que ha seleccionado el estudiante en el interior de cualquiera de nuestras instituciones universitarias.
Por cuanto a las actividades físicas, el dominio de los idiomas y de las herramientas de cómputo. Sus posibilidades son infinitas. Las actividades extracurriculares en ciertas carreras pueden implicar el traslado de nuestros alumnos a ciertas zonas en donde caminar, leer o hablar conceda la oportunidad de hacerles reconocer la necesidad de intensificar su formación en estos menesteres. Al solicitar un trabajo escrito, un ensayo, una monografía, la documentación de un problema, etc. Es muy importante hacerles ver la necesidad de una correcta ortografía y sintaxis.
Por cierto, corregir, en el ámbito de estos menesteres, tiene fundamento en la tradición del profesorado lasallista[23].
Igualmente, desde el inicio del programa debe acordarse con los estudiantes el carácter obligatorio del uso de las herramientas de cómputo apropiadas para las presentaciones de sus trabajos. En las exposiciones, luego de asesorarlas, exigir el uso correcto de los programas informáticos, de las imágenes y de los conceptos incluidos; aún más, solicitarles reflexiones propias del entorno educativo nuestro, en las que se procura inducir una mayor apertura que implica alcanzar estadíos superiores de desarrollo como juventud en el camino de la formación humana y cristiana.
No tengo la menor duda que al reflexionar en lo anterior y al actuar en correspondencia, nuestros quehaceres podrán contribuir de mejor manera a la formación de buenos padres de familia en el futuro, excelentes ciudadanos y extraordinarios profesionistas que piensen más y no se conformen con vivir obedientes de las normas inerciales del individualismo, del consumismo, o sujetos a la indiferencia respecto a las necesidades de otras personas o a la urgencia inmediata de vivir sin expectativas de orden superior .
Me parece queridos hermanos colaboradores en La Salle que todos nosotros tenemos un gran compromiso que va más allá de las rutinas cotidianas de una clase. La larga ejemplificación anterior, no libra a otros responsables de la conducción formativa de nuestros alumnos, en otras áreas, de hacer las inversiones aplicativas en sus respectivos campos. Quien trabaje contenidos bíblicos en el área de pastoral, no puede dejar de lado los enlaces posibles con las materias de orden disciplinario, así como auxiliarse de ciertas representaciones escultóricas o aportaciones literarias. El que hace por el bienestar deportivo de nuestros alumnos, no puede dejar de plantear ciertos aspectos de la física que han contribuido a economizar esfuerzos para hacer rendir de mejor manera al cuerpo, o retomar la composición química de los alimentos más apropiados para mantenerse en forma y tener salud. Las actividades literarias pueden hacer ver, más allá del contenido simbólico de la poseía o del ensayo, la necesidad de aplicar los recursos aprendidos con destino a otras materias. La actividad educacional que promueve la comprensión de los valores de la dimensión humana, tiene un campo vasto de aproximaciones para cuestionar el simplismo de ciertos enfoques aplicativos de la ciencia y muchos de los usos de las nuevas tecnologías, así como el problema del desarrollo del capital y sus desviaciones en favor de excesivas concentraciones en un mundo como el actual, caracterizado por la profundización de los márgenes de pobreza.
En fin, para todo ello deberemos encontrar fórmulas, estar dispuestos es el principal problema. No al margen de reconocer que muchos de nosotros somos colaboradores de tiempo compartido con otras ocupaciones; sin embargo, no podemos perder de vista que hay conceptos y recursos a la espera de nuestra imaginación, nuestra capacidad creativa y nuestro compromiso. Esto exige aplicarnos a la tarea de la academia en el aula, en particular en un sistema de universidades como el nuestro.
Cuestionarnos si hay o no un concepto de formación integral y sobre las soluciones ya probadas, esperando en parte que ya se encuentren puestas en un manual de didáctico, nos llevará siempre a un mismo resultado: no hay tales respuestas operativas; esto mismo deberá colocarnos en otra condición: todos deberemos construir, en lo cotidiano, las salidas que se esperan de nuestra entrega profesional como docentes. Seguramente lo expuesto hasta el momento por un servidor frente a Uds., no agota la gran cantidad de tipificaciones rutinarias que pasan de frente o a un lado de nuestro trabajo diariamente, son muchísimas. Tan sólo listarlas consumiría una enorme cantidad de tiempo, pero trabajar reflexiones sobre la marcha de su experiencia es un buen camino para convertirlas en acciones en la dirección deseada; de todas formas estaré a la espera de hacer ejemplificaciones como resultado de sus preguntas posteriores, a fin de compartir las mías y si lo permite la organización del evento, extendernos lo suficiente para enriquecernos mutuamente.
La cultura magisterial de las instituciones educacionales lasallistas.
Para finalizar decidí abordar esta parte como conclusión, aunque debió ser la primera. Lo hice con una deliberada intención: a modo de cierre para recuperar algunas formulaciones del iniciador y primer guía del Instituto de los Hermanos de las Escuelas Crisitianas.
Uno de los principales planteamientos de nuestro patrimonio lasallista es esta idea referida a la educación como un medio de la Evangelización. Si bien, el contexto de las recomendaciones de San Juan Bautista De La Salle podría resultarnos lejano- además de estar centrado propiamente en niños y adolescentes, cuando nuestro trabajo trata de la formación de jóvenes, quienes apenas recién entran a la adultez-, no podremos borrar de nuestra memoria que la Doctrina de Nuestro Señor Jesucristo aún es vigente, preocupación central de su compromiso, el que motivó la fundación del Instituto.
La continuidad de su obra en el mundo requiere de análisis particulares. En nuestro caso corresponde partir de la siguiente premisas: tras varios años de historia, el laicismo educativo de nuestro país posee logros suficientemente magros en el terreno del cultivo de los valores humanos. Tal afirmación, incuestionable, sin ánimo dogmático de mi parte, se confirma a partir de múltiples críticas al aparato educativo oficial proveniente de numerosos especialistas sobre el currículo escolar mexicano[24]; así como también por las últimas reformas a los planes y programas de estudio de la educación básica, registradas en los últimos años, en donde se introducen aspectos relativos a la atención de esta problemática.
Ante este panorama, las aportaciones de la universidad lasallista en el campo aludido cobran una gran relevancia.
Nuestra perspectiva de los valores es universal, abogar por que los ciudadanos de un país como el nuestro, sean sensibles a los problemas de sus semejantes; cultivar la generosidad y el amor hacia los demás; buscar trascender el individualismo egoísta o tomar posición respecto a la conservación de la vida humana, en nada riñen y más bien son fortalezas dirigidas a los caracteres propios de las nuevas generaciones de profesionistas. No hay nada que debamos esconder, en tanto uno de los fundamentos de la cultura occidental es precisamente el Cristianismo; nuestro trabajo de formación, en consecuencia, posee una fuente de innegable valor para las aspiraciones civilizadas de esta nación.
Pero, en lo particular, el énfasis en las recomendaciones del Patrono Universal de los Educadores, con todo y que sus destinatarios eran preuniversitarios, tiene la intención no sólo de recordarlo, como una acción que hace honor a su memoria, sino también de convocarnos a todos nosotros a estudiar sus posibles aterrizajes en el marco de las tareas académicas que ejecutamos. Hacer las adecuaciones correspondientes en el espacio universitario no resultará difícil, si lo intentamos con esmero en el contexto del espíritu comunitario en cada una de nuestras instituciones de educación superior.
Por ejemplo, la idea de conocer a nuestros alumnos en su particularísima individualidad y dejarnos mostrar por nuestra rectitud de conducción ante ellos y ante los demás[25], lo mismo que las recomendaciones sobre la suavidad de trato, los llamados de atención acerca de la sencillez de nuestras explicaciones y la exigencia que pretendamos como conductores o acompañantes de su formación[26], son formulaciones de una gran riqueza y actualidad para ser retomadas y compartirlas en nuestras conversaciones, pero sobre todo vivirlas del modo en que fueron acuñadas, por supuesto con las conducentes adecuaciones a nuestros contextos.
“ ¿ Queréis que se aficionen al bien vuestros discípulos? Practicadlo vosotros.”[27]
Otros ejemplos son los de la paciencia, el celo, la gravedad y la regularidad[28]; aspectos sin los cuales nuestro trabajo no tendría sentido. En efecto, existen muchos motivos para abrazar la ocupación de maestros, aunque el central se refiere a nuestra vocación de enseñantes. Sobre estos temas, así como la exhortación a asumirnos “ángeles custodios”[29] de los estudiantes, y la idea de dar cuenta a Dios[30] de nuestras responsabilidades, resulta básico pensar muchísimo y darles cabida en nuestro interior, para que el desarrollo del proceso formativo que realizamos mantenga sus fundamentos, pero no como metáforas de una época en un país distinto, sino como inspiraciones que reclaman las adaptaciones necesarias.
Lo anterior quiere decir que la constancia exigida a nuestro quehacer tiene que ver, ciertamente, con un desempeño profesional actualizado en el ámbito de las disciplinas desde donde se alimentan las respectivas profesiones en las cuales se forman los futuros egresados de nuestras instituciones de enseñanza superior, así como también el despliegue de una serie de acciones lógicas, psicológicas y pedagógicas en relación con las intencionalidades formativas de los programas escolares, el nivel de dificultad de los contenidos y las características de los jóvenes adultos bajo nuestra guía. Cumplir con ello es bastante más de lo que vemos todos los días en distintas esferas de la vida universitaria y no universitaria de nuestro país; sin embargo, el compromiso adquirido en el más alto nivel de la escolaridad nacional, al pertenecer a la obra lasallista, exige mayores esfuerzos que trasciendan la simple esfera de los desempeños profesionales.
Por supuesto, la exigencia a la cual me refiero no apela a un concepto general, sujeto totalmente a la interpretación individual. En el Lasallismo se trata de un tema más que menos acotado, si bien de una opción libre que podemos o no tomar: consiste en permitirnos ignorar o reconocer en nosotros una disposición interna que nos coloca como agentes de formación en distintos campos profesionales desde la perspectiva cristiana. En este sentido, sería comprensible que no todo el profesorado de las instituciones lasallistas de educación superior lo acepte sin más y aún asumir que el sólo hecho de este desempeño sea un designio de Dios y no de la casualidad y que por tanto, por el hecho de esta visión inspiradora, se busque remontar las acciones “normales” de un académico por encima del límite de nuestras contribuciones en el ámbito de la formación profesional, hasta colocarnos, por la fuerza de esta convicción- que se abandona a la Gracia de Nuestro Señor-como contribuyentes en la construcción del espíritu comunitario cristiano. En efecto, es un proceso de lenta asimilación e interiorización profunda, a ritmos muy personales en atención a la voluntad de pertenencia a una inspiración que espera paciente la homologación de los distintos niveles de apropiación de los fundamentos cristianos lasallistas magisteriales.
Pero este acto voluntario requiere, desde mi punto de vista, de algunas señales orientadoras que faciliten la toma de posición. En razón de esta circunstancia me tomaré la libertad de arriesgar ante Uds., en tanto sujeto en autoformación, algunos comentarios acerca de ciertas formulaciones que San Juan Bautista de la Salle hacía a sus primeros mentores y Hermanos en los momentos de desenvolvimiento de lo que sería la obra del Instituto de los Hermanos de las Escuela Cristianas, muy a cuenta de mis anteriores alusiones a la exigencia en nuestro trabajo en el aula.
En efecto, pienso que el tema de la exigencia se encuentra referida en el Fundador de la obra lasallista cuando habla del espíritu de celo y que esta idea en nosotros, al ser actualizada en contexto, debe apuntar precisamente hacia una fuerza interior puesta ahí por Dios, cuya manifestación debe reflejar irrevocablemente una actitud global y, en cierta forma, un estilo de vida proyectivo de una manera de ver la realidad introyectada, misma que obliga en forma suave o natural a procurar el bien y a promoverlo tan sólo haciendo integralmente bien las cosas que tenemos encomendadas considerando sus efectos trascendentales en la formación de nuestros alumnos.
Hay en lo anterior una idea muy práctica y cierto ingrediente de búsqueda por el derrotero de la eficacia: sin estridencias, al ejemplificar con el buen hacer, nos constituimos como sujetos morales frente a nuestros estudiantes y ello adquiere un sentido mayor si dejamos ver que detrás de nuestras acciones hay una inspiración que les exigirá la misma entrega.
El espíritu de celo nos debe permitir comprender que el nuestro es un magisterio muy especial, porque al encontrarse inspirado en la idea de Dios, nos convoca a mostrar la perfección que el ser humano incesantemente debe procurar alcanzar. El rigor de nuestras ejecuciones habla además del cultivo realizado en nuestras respectivas personalidades, ante las cuales inspiramos confianza para construir una imagen que proyecta ante nuestros estudiantes la posibilidad de un apoyo confiable. Pienso al respecto lo siguiente: cuando un profesor no considera importante sostenerse como modelo de identificación, muestra un estado de indefensión tal que ello mismo explica la devaluación social del ejercicio magisterial en general y del universitario en particular.
“ La virtud, dice San Juan Bautista de la Salle, es una cualidad que nos da la inclinación y la facilidad hacia el bien, es decir, practicar buenas obras por amor a Dios...”[31]
Forma parte de esta misma idea la coherencia entre las palabras y las acciones en el aula, antes y más allá de ellas; pero sobre todo, el peso de las últimas consiste en que, superando a la ejemplificación, operan como testimonios de las convicciones. Sobre este punto es útil recordar, de paso, dos pasajes de la historia inicial del Instituto. El primero da cuenta de una estrategia cuya eficacia racional es innegable en torno al significado de la praxis pedagógica lasallista: si las primeras escuelas de la obra tenían por intención humanizar y evangelizar, los primeros agentes de esta misión hubieron de ser transformadas en personas educadas primero[32].
El segundo pasaje muestra una posición moral consecuente, San Juan Bautista de la Salle se despoja de sus bienes para igualarse en condiciones de pobreza con los primeros profesores. Este punto es de suma conmoción, en tanto las propias palabras del fundador atribuyen a los cuestionamientos de estos precursores un mensaje de Dios a través de sus voces:
“Es Dios quien me habló a través de ellos. Lo sentí en lo más profundo de mi ser. Es fácil confiar en Dios cuando se tienen medios materiales y riquezas. No tengo ningún derecho a hablarles de tener fe en la Providencia mientras yo no me haga tan pobre como ellos y me abandone también plenamente en sus manos...”[33]
Los pasajes anteriores, permiten calibrar el peso moral que puede encontrase en una frase muy sencilla del fundador en el contexto de sus meditaciones para el tiempo de retiro:
“ El ejemplo produce mucho mayor impresión que las palabras en las mentes y en los corazones”[34]
Por supuesto, lo anterior ha sido citado a criterio de un servidor. Por no ser un experto en la vida y obra del Fundador y tampoco en la trayectoria de la obra educativa del Instituto de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, asumo el riesgo de mi atrevimiento y continúo: lo que se muestra hasta aquí es por un lado la necesidad de ser competentes en el dominio racional de nuestros quehaceres, pero también es una lección que vincula el poder de conminación que posee el hecho de ser coherentes moralmente hablando en todos los ámbitos de nuestra vida. Los profesores lasallistas debemos ser personas de bien; buenos padres, buenos esposos, buenos novios, buenos amigos; claros, directos, sinceros, etc. ¡Qué mejor manera de adorar a Dios y acompañarlo haciendo praxis del propio material de nuestras enseñanzas...!
Un maestro no se desdobla en distintas personalidades, si bien individualmente puede desempeñar roles distintos en atención a múltiples actividades y compromisos a los cuales se debe; a diferencia de las personas comunes y corrientes, múltiples miradas lo recorren cotidianamente en la larga cadena de situaciones en las que participa socialmente. Tejemos nuestra labor ante el constante escrutinio, producto normal de la interacción humana y de los intereses que resultan de coincidencias colectivas. Pero antes de esta mirada, se encuentra la cuenta a rendir de nuestros actos a Nuestro Señor.
Por otra parte, tengo el interés de aludir a la figura del alumno de nuestras instituciones universitarias, pues sin ella sería imposible configurar la nuestra. Especialmente porque creo que alrededor de su constante mención, de pronto podríamos hacer una especie de trazo imaginario cuyo resultado tal vez pudiese llegar a ser el de una abstracción de características infantiles. Me preocupa desde luego que pudiésemos ignorar la gran cantidad de orientaciones que el fundador entrega al mundo de la educación de su momento, en donde se encuentra un concepto en torno a los niños. Sin embargo, tengo también la impresión de que la fuerza misma de la fidelidad a los principios fundacionales de la obra de pronto, sin darnos mucha cuenta, nos condicione a la textualidad de los escritos y testimonios originales.
En apego a la concepción de formación humana y cristiana en San Juan Bautista de la Salle, me atreveré a decir que tratamos con jóvenes adultos en proceso de asumir responsabilidades sociales, para lo cual se encuentran con nosotros en un proceso de formación que busca precisamente lograr dotarlos de herramientas emancipadoras y de incorporación a la vida adulta en pleno desde un carisma particular. No obstante que no son niños a quienes tenemos bajo nuestra responsabilidad, lo esencial es colocarlos como personas libres, dignas a las cuales debemos muestras de respeto como actos primarios de amor.
Al menos a eso, básico en los principios del lasallismo, estamos obligados. Pero el respeto no es sólo un hecho ritual en el marco de las superficialidades a veces un tanto mecanizadas de la vida cotidiana. Como un acto de amor a un semejante en situación de formación, requiere del conocimiento de sus características y necesidades personales de manera que el concepto acompañamiento, expresión que nos debe resultar familiar, cobre sentido. Cada uno de nuestros estudiantes debe ser ayudado, estimulado o corregido en el orden a la edad que le corresponde, a las características de desempeño profesional que tiene por destino, a su ser y a su situación personal. Tener en consideración tales adaptaciones necesarias permitirá que nuestras acciones orientadoras adquieran una dimensión muy importante en la interioridad de nuestros estudiantes.
Comparto con muchos de Uds. la idea de que el amor profesado a nuestros alumnos, es un tanto sui generis. Pues por un lado, nuestra perspectiva cristiana habla de generosidad, compasión, ayuda etc. pero al mismo tiempo la acción de educar, en gran medida posee una fuerza que violenta subjetivamente las voluntades de quienes suelen resistírsele, por ello la suavidad de trato requiere de un particular talento para ser combinado con la exigencia. Esta es una idea muy próxima a la célebre frase de nuestro fundador al referirse a uno de los estilos educativos de quienes pueden asumirse como ministros de la educación cristiana : “... con el rigor de un padre y la suavidad de una madre”[35], que no trata de un desplazamiento entre la bondad ingenua y la justicia rígida, sino de una sabia ponderación de las distintas maneras posibles para asistir a los educandos en el proceso formativo que marca el debido empeño constructivo de un magisterio universitario. Se trata, repito, de un singular acto amoroso, pensando que ciertamente sus efectos no son inmediatos sino a largo plazo.
Nuestra recompensa consiste en que al asumir íntegramente la responsabilidad de ser maestros, esta determinación se proyecta hacia la continuidad de una vida buena en las personas que un día estuvieron a nuestro cargo.
Quisiera terminar destacando lo siguiente: no es casual que en la tradición de las escuelas lasallistas el inicio de las clases haya alcanzado un sello de especial identidad que va más o menos así:
Profesor: ¡ Acordémonos que estamos en la Santa Presencia de Dios!
Alumnos:¡ Adorémosle!
Momento de silencio interior y respeto exterior
Profesor: ¡Continuaré ¡oh! Dios Mío!
Alumnos:¡Haciendo todas mis acciones por tu Amor, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, Amén!
Profesor:¡Sn. Juan Bautista de la Salle!
Alumnos:¡Ruega por nosotros!
Profesor:¡Viva Jesús en nuestros corazones!
Alumnos:¡ Por siempre!
Dejo las líneas anteriores, también a modo premeditado, para invitarles a descubrir, en el diálogo entre Uds. mismos, su razón de ser y su significación.
Muy estimados colegas profesores, no me resta más que despedirme de Uds. y agradecerles por el honor de dejarme compartir mis reflexiones y sobre todo por tenerme paciencia.
INDIVISA MANENT
Carlos David Domínguez Trolle
Morelia, Mich. Noviembre 2003
Preguntas :
1.- ¿Qué debería hacerse en las asignaturas en las cuales Ud. participa como docente, en torno a la formación integral?
2.- ¿ Qué acciones podríamos emprender para conocer a nuestros estudiantes y mostrarnos, de manera que pudiesen vernos como personas y además como modelos?
3.- ¿ Cuáles son los problemas que impedirían desarrollar nuestro trabajo áulico en torno a la formación integral, según lo propuesto en la ponencia...?
[1] La definición es adjudicada a Platón. Su planteamiento es uno de los más recurrentes en distintos estudios sobre la educación. En Fernández A. y Zarramona, Jaime. La educación, constantes y problemática actual, CEAC, Barcelona 1989, p.19
[2] Loreau, Pierre. El concepto de educación en la historia. Tusquets, Barcelona 1959
[3] Sobre este punto hay quienes prefieren dar mayor valor a al término formación sin mayores fundamentos. Habrá que reconocer que ambos, tanto educación como formación, desde un punto de vista práctico, denotan motivo y resultado en cuanto al perfeccionamiento de la naturaleza humana, aunque ciertamente la educación implica un proceso inacabado y la formación permite hablar de resultados concretos, según ciertos enfoques téoricos . Es más útil, sin embargo contrastar los térmicos formación/ instrucción, ante el cual el primero destaca una posición que busca la fecundidad espiritual, mientras el segundo queda sólo a nivel intelectual. Sobre este aspecto véase Willmann, Otto. Teoría de la formación humana. CSIC, Madrid, 1956, págs 64-78.
[4] En terminología propia de las ciencias sociales, contexto significa tiempo y lugar determinados, así como los acontecimientos que se logran registrar entre ellos. Ubicados en un época, el contexto se fija haciendo aproximaciones a las fechas y situando los lugares en los cuales se registraron los hechos históricos o sociales. Aquí y ahora constituye una dimensión del contexto; es decir, de lo que ocurre en este lugar y en este momento. Véase Diccionario de Convenciones en las Ciencias Sociales. Antrhropos, Barcelona, 1998. Pp 140-145.
[5] Durkheim, Emile. Educación y sociología, Shapire, Bogotá 1989, pp 19.
[6] Nérici, Ímiedeo. Los aspectos medulares de la formación, Ed. Troquel, Buenos Aires, 1976. pp13.17
[7] Muñoz Barista, Jorge. Nuestra Filosofía, Reflexiones Universitarias No.16, ULSA, México, 1992
[8] Muñoz Batista, Jorge. La dignidad de la persona humana. Reflexiones Universitarias No.5, ULSA, México 1989 pp4-5
[9] Asimismo, la existencia puede entenderse como presencia activa en el mundo. Acerca de este punto, véase Calvo, Antonio. El personalismo de E. Mounier, en Revista Abril. No 61, Instituto Emmanuel mounier, Zaragoza, 1990.
[10] Constitución Pastoral de la Iglesia en el Mundo Actual “ Gaudium et stepes”. Concilio Vaticano II , Biblioteca de Autores Cristianoos, Madrid 1986, p. 181
[11] íbid. p.219
[12] Maritain, Jacques. Humanismo Integral, Ed. Lohlé-Lumen, B. Aires, 1996, pp 34-62
[13] Sauvage, Michel y M. Campos. Juan Bautista de la Salle. Anunciar el Evangelio a los pobres, Asociación Editorial Bruño, Lima, 1977.
[14] Muñoz Batista, Carlos. Op. cit No. 16 pp 36-37
[15] Maritain, Jacques. Op. cit
[16] Para el caso del Sistema de Universidades La Salle este eje rector es el Ideario.
[17] Hay una diversidad de estudios en el marco de la sociología de las organizaciones que documentan esta idea. Véase Pérez Yruela, Manuel. Organización y conflicto en las instituciones. Análisis de los esquemas, rutinas y tipificaciones en los roles. Col. Estudios del Hombre, Marova, Madrid 1998.
[18] Es propio rescatar la experiencia de las organizaciones comunitarias de origen rural e incluso indígena, en las cuales los vínculos solidarios se encuentran fuertemente estructurados sobre la base del reconocimiento y el reclamo colectivo, en atención a la cercanía y el afecto resultante. Debido al tránsito hacia la vida urbana, algunos barrios y vecindades lograron mantener durante cierto tiempo un mínimo de los rasgos de convivencia que seguramente provenían de los orígenes rurales inmediatos de sus habitantes. Hoy es propio de la vida urbana la indiferencia y el anonimato, singulares expresiones de la masividad y el distanciamiento de los lazos cohesivos. Sobre este punto véase Vigil, Agustín. Estado de la solidaridad orgánica en la vida rural y urbana. Tesis de maestría en Desarrollo Regional, UDIH, UAV, Xalapa, Ver.
[19] Al respecto de las críticas al salón de clases y a la escuela como aparato, resulta muy importante la revisión de las mismas. Al respecto es útil la compilación de J. Palacios. La cuestión Escolar, Ed. LAIA, Barcelona 1990.
[20] En el ámbito de las discusiones curriculares el término “saber” significa una serie de conocimientos, visiones, reflexiones y prácticas, etc. que se encuentran en juego en las dinámicas grupales como convenciones culturales.
[21] Jun, T.S. La estructura de las revoluciones científicas, México, FCE, 1989, p p 21-27
[22] Vargas, Jose. A. fsc. Y Carlos D. Domínguez. La Universidad La Salle y el Proyecto educativo Regional Lasallista Latinoamericano. Mecanograma. ULSA, México, julio 2003.
[23]
[24] Hirsch Adler, Ana. Estado actual de la enseñanza de valores en México. Semana de Ciencias de la Educación, 12 de marzo 2003. Escuela de Ciencias de la Educación, Universidad La Salle, México 2003.
[25] San Juan Bautista De La Salle. Sobre el modo de proceder de los maestros con sus escolares, en Meditaciones, ed. Bruño, Madrid, 1970, pp 112-114.
[26] Íbid p. 13
[27] Íbid p.110
[28] Íbid pp 554-558
[29] Íbid pp578-580
[30] Íbid 607
[31] Sn. Juan Bautista de la Salle, Los Deberes del Cristiano. En Pedro Chico González, San Juan Bautista de la Salle, Ideario Pedagógico y Catequístico, ediciones SPx, Madrid, 1988, pág.90
[32] Joisé María Valladolid. La Salle, un santo y su obra. Bruño, Madrid, pp26-34
[33] Íbid. pág. 42
[34] San Juan Bautista De La Salle. Sobre el modo de proceder de los maestros con sus escolares, en Meditaciones, ed. Bruño, Madrid, 1970, pág. 128
[35] Instituti de los Hermanos de las Escuelas Cristianas. San Juan Bautista de la Salle, Pedagogo Genial, Ed. PEMSA, México 1960 p. 138.
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