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“EL PERFIL DEL DOCENTE LASALLISTA FRENTE A LA FORMACIÓN INTEGRAL”

La identidad del educador

Celas, Arlep, España

Somos educadores

Nuestra reflexión puede comenzar con esta sencilla afirmación: somos educadores. Pero para personalizarla, pongámosla en singular y como interrogante que motive nuestra reflexión:

¿soy educador?

Si me planteo la pregunta en serio veré que apunta a mi propia identidad, y que la respuesta deberá tener en cuenta los tres niveles en que puede vivirse dicha identidad.

1.1- El primer nivel se sitúa en el plano biológico-laboral: corresponde a la necesidad de hacer o trabajar para poder vivir, para poder satisfacer las necesidades primarias del hombre. Da lugar al trabajador de la enseñanza.

La motivación que lo justifica es la propia supervivencia y la de aquellos que dependen de mí; supervivencia que ha de ser digna, comparativamente al ambiente social en el que se está inmerso, y que requiere para ello un sueldo apropiado.

1.2- El segundo nivel se sitúa en el plano psicológico-social: corresponde a la necesidad de reconocimiento social, de ocupar un puesto (representar un papel) honroso, no sólo en el cuerpo de la sociedad, sino en el grupo social más inmediato: alumnos, comunidad educativa... Da lugar al profesional de la enseñanza, que se caracteriza por su saber, su competencia, su dominio de las materias que ha de enseñar.

La motivación que dinamiza este nivel es el afán o la necesidad de valorarse y sentirse valorado, de autoestima y éxito, de ser respetado y apreciado, de ser querido o de alcanzar incluso cierta cota de poder... Los matices varían según las personas.

1.3- El tercer nivel alcanza al núcleo mismo de la identidad, el plano proyectivo o generador de la persona.

Es el ser de la persona, que necesita proyectarse en el mundo contribuyendo a su construcción. Aquí aparece el educador vocacionado, el que se siente a sí mismo -se ve realizado- siendo educador; tiene la impresión de estar ocupando el lugar adecuado en la sinfonía de la creación.

La motivación procede, en este nivel, de la actitud del educador, de servicio y creatividad para dar respuesta adecuada a las necesidades de los destinatarios de su labor.

Como vemos, en la identidad del educador confluyen aspectos laborales, profesionales y vocacionales, referidos a las distintas necesidades que la persona ha de satisfacer para poder realizarse plenamente a partir de esta identidad.

Entre los tres niveles se establece una serie de relaciones:

  • · En primer lugar, no se trata de niveles opuestos, sino complementarios. La persona necesita tener en cuenta a cada uno de los tres.
  • · Cada nivel, considerado de forma aislada, señala un grado de profundización y realización de la persona. Cada uno de esos grados se puede conseguir con una cierta independencia de los otros dos. Es decir, no se condicionan mutuamente de manera absoluta, aunque sí pueden influirse. Por ejemplo, un educador bien remunerado tiene un aliciente para aumentar su competencia profesional e incluso para no escatimar el tiempo que requieran las necesidades de sus alumnos; pero esto no ocurre necesariamente. De la misma forma, un educador muy vocacionado puede encontrar más facilidad para ser valorado y aceptado por sus alumnos o para cultivarse intelectualmente, pero no siempre ocurre así. Por otro lado, un educador con un sueldo a todas luces insuficiente, puede ser, sin embargo, un buen profesional y/o sentirse realizado vocacionalmente.
  • El optar, consciente o inconscientemente, por uno de los tres niveles, con exclusión de los otros en la vida práctica, sería un empobrecimiento grave de la propia identidad, aparte del perjuicio que se causa a los destinatarios de nuestra labor educativa.
  • Pero tampoco es posible realizar por igual a los tres niveles. La razón es sencilla: puesto que los tres niveles se refieren a grupos de valores diferentes –aunque no opuestos– es normal que en más de una ocasión dichos valores entren en conflicto; entonces la persona se encuentra inevitablemente en la necesidad de optar por un valor, posponiendo –en ese caso– otro u otros valores.

    Este es el caso que se me presenta cuando tengo que decidirme entre una semana más de vacaciones con mi familia o asistir a un cursillo que puede mejorar mi competencia profesional; o también, cuando tengo que elegir entre la posibilidad de dedicar un tiempo extra a unos alumnos necesitados, o utilizar ese mismo tiempo para lograr un título académico que me puede beneficiar profesionalmente, o incluso dedicar ese tiempo a mejorar mi economía con algunas clases particulares...

    En el fondo, son valores los que están en juego, y al entrar en conflicto no tengo más remedio que elegir y rechazar o posponer. A veces, la urgencia inmediata de una necesidad me obliga a dejar de lado lo que reconozco como más estimable desde el punto de vista de los valores. Pero no siempre tiene por qué ser lo inmediato quien dirija mi decisión. ¿Desde dónde elijo, entonces?

    Si quiero evitar el conflicto permanente en el interior de mi propia identidad –lo que equivaldría a una identidad rota– tengo que adoptar una perspectiva única, desde uno de esos tres niveles y contemplar desde él los otros dos. En otros términos: he de establecer una jerarquía de valores, de forma que, en caso de conflicto, sepa distinguir los valores que están en juego y optar en consecuencia, según la jerarquización hecha previamente.

    Pero hemos de añadir algo más: a todo educador se le plantea el reto de estructurar su identidad a partir de los valores vocacionales, el hacer de éstos la perspectiva de su quehacer, su saber, su ser. Sólo en la medida en que acepta este reto y se pone a caminar en la dirección que ellos le señalan (las necesidades de sus alumnos), podremos hablar de un auténtico educador, y no sólo de un profesional o un trabajador de la enseñanza. Eso no significa renunciar a ninguno de sus derechos en los otros niveles.

    Ahora sí, puedo responder, o iniciar la respuesta, a la pregunta que planteábamos al principio:

    ¿soy educador?

     

    2- Comunidad y escuela según la identidad del educador

    El nivel o dimensión que cada educador elige como perspectiva para jerarquizar sus valores, no influye sólo en su propia identidad, sino también, y mucho, en la comunidad educadora y en la obra escolar.

    2.1- Cuando predomina la perspectiva laboral en una comunidad educadora, ésta sólo se constituye en función del profesorado: en vistas al mutuo apoyo y defensa en los intereses laborales. Las reuniones, conversaciones, actividades, se orientan con ese fin. Cualquier intento de conseguir otros objetivos diferentes va acompañado del desinterés, si no de la oposición, de buena parte de la comunidad.

    En este caso, la obra escolar se concibe como “el medio donde el educador se gana la vida enseñando”. Y las diversas estructuras que puedan organizarse en el colegio van marcadas por ese fin.

    2.2- Si en la comunidad predomina la perspectiva profesional, tiende a organizarse en función de la enseñanza y para asegurar las relaciones profesionales entre los educadores. La preocupación básica es que los programas se cumplan puntualmente, que el nivel intelectual sea alto... Se cuida la titulación y la actualización del profesorado.

    La obra escolar se concibe entonces como el medio de proporcionar a los alumnos los conocimientos que señalan los programas correspondientes. El prestigio académico es especialmente considerado: lo que asegura el reconocimiento social. A este fin se orientarán las diversas actividades que se programen. Las estructuras se concretan en función de la seguridad que dan a los profesores, por lo que tienden a considerarse inamovibles. Si se comentan en la comunidad problemas personales de los alumnos, fácilmente serán juzgados en función de las conveniencias sociales del centro o del prestigio de los profesores

    Por lo general, es este tipo de escuela el que mejor se esmera en reproducir el modelo de sociedad en el que está inserta.

    2.3- Finalmente, si la comunidad está formada sobre todo por educadores vocacionados, tenderá a organizarse en función de los alumnos. Su objetivo será dar mejor respuesta a las necesidades de éstos. A ello irán orientadas predominantemente las reuniones de la comunidad, y en las mismas conversaciones entre los educadores aflorará con frecuencia el tema.

    De igual modo, la obra escolar es considerada como medio de satisfacer las necesidades educativas de los alumnos, más allá de los programas oficiales, y más allá de lo legalmente establecido. Y entre los alumnos, los más necesitados son objeto de mayor atención.

    La voluntad de dar respuesta a las necesidades de los alumnos sitúa a la comunidad en actitud de búsqueda y creatividad: no absolutiza las diversas estructuras escolares sino que las somete a crítica para asegurar su validez actual: las mejora, las cambia, inventa otras nuevas...

    Hecha esta clasificación, que puede resultar un tanto artificial, ahora hemos de añadir nuestra convicción: una comunidad de educadores habrá de tener en cuenta la compleja realidad –laboral, profesional y vocacional– de sus miembros; pero siempre sin perder de vista la razón última que justifica su propia existencia: las necesidades educativas de los jóvenes.

    3- Una identidad para un proyecto

    Juntamente con la identidad del educador, y muy en relación con ella, hemos de hablar también del proyecto educativo. Somos educadores en una escuela lasallista, y entre todos estamos llevando a cabo un proyecto cuyas raíces se remontan 300 años atrás. Si observamos con atención esas raíces nos daremos cuenta de la necesidad que tiene este proyecto educativo de la identidad del educador en su más pleno sentido.

    Antes de que De La Salle conciba su proyecto para la educación de los jóvenes, se encuentra en su tiempo con muchos empleados y profesionales de la enseñanza, pero con pocos educadores vocacionados.

    Los empleados de la enseñanza tienen entonces bastante mala fama: son unos ganapanes, con escasa cultura e incapaces de mantener un mínimo de orden en la escuela. Ni siquiera hay horario de entrada y salida: cada uno llega y marcha cuando quiere.

    Los profesionales de la enseñanza, tales como los maestros calígrafos, son celosos de su saber y de sus títulos: les importan más sus privilegios que el remediar la ignorancia. La Salle sufrió los peores ataques a sus escuelas de parte de estos profesionales, defensores de unas tradiciones que les mantenían en el poder y la seguridad.

    Cuando De La Salle comienza a concebir y desarrollar su proyecto educativo, se da cuenta de que sólo será posible llevarlo a cabo con educadores vocacionados. Por eso se dedicará personalmente a cultivar la identidad del educador.

    3.1- El educador lasallista: en tres notas podríamos resumir la descripción que hace La Salle de la identidad del educador vocacionado, el que puede llevar adelante el proyecto de la escuela cristiana:

    • · Hombre interior, porque sólo el hombre interior tiene:
    • · capacidad de escucha;
    • · sólo él puede distinguir lo aparente de lo auténtico;
    • · sólo él puede estar abierto a las necesidades de los otros y dejarse conmover por ellas.
    • · Con conciencia profesional, es decir, con la responsabilidad de lograr la adecuada preparación para cumplir acertadamente su tarea educadora.
    • · Dedicado por entero a la labor educativa.
  • 3.2- La comunidad educativa lasallista que surge con este tipo de educador, al mismo tiempo que contribuye a formarlo, también adquiere unas peculiaridades propias, las necesarias para poder realizar el proyecto educativo lasallista:
  • Es signo de fraternidad:

    • · por el estilo de relaciones que se crean entre sus miembros,
    • · por su disposición a compartir la vida.
  • Es educadora del educador:
    • · facilita la formación de los educadores,
    • · fomenta el intercambio de experiencias pedagógicas y la búsqueda de métodos más eficaces;
    • · ayuda a adquirir aquellos valores que luego han de impulsar en los alumnos;
    • · promueve la reflexión sobre la realidad juvenil y las necesidades educativas...
  • Es fundamento de la obra educativa: los educadores son conscientes de que, si se han reunido en comunidad, es para dar mejor respuesta a las necesidades educativas de los alumnos. La comunidad es el auténtico protagonista del proyecto educativo, y es quien garantiza la continuidad de la obra educativa.
  • 3.3- La obra educativa: el proyecto educativo lasallista se materializa en una estructura con estas notas distintivas:

    “Que funcione bien”, tal como expresará repetidamente De La Salle en sus cartas. Una escuela en la que los alumnos estén a gusto. Pero también una escuela de:

    • · calidad, que prepare para la vida,
    • · que responda a las necesidades reales de los alumnos que asisten a ella;
    • · que propicie el pleno desarrollo de cada alumno;
    • · que se renueve constantemente en sus métodos y contenidos...
  • Abierta, efectivamente, a los más pobres; sin barreras económicas que les impidan el acceso. La Salle sostendrá sus mayores y más frecuentes luchas para lograr que sus escuelas sean gratuitas, sin discriminaciones por motivos económicos.
    • · Que eduque cristianamente, desde los criterios y valores evangélicos.
  • Algo muy importante está por acontecer hoy en el mundo lasallista: desde hace algunos años se mira a De La Salle con más interés y devoción. Se estudia su experiencia pedagógica muy de cerca y con aprecio. Sus percepciones y sus intuiciones sobre las necesidades educativas de los más abandonados, son todavía de gran actualidad, tanto en las sociedades desarrolladas como en las que están aprisionadas por un subdesarrollo crónico.
  • Algunas expresiones que utilizamos en nuestros días entre nosotros, como ciertos hechos vividos en nuestras comunidades y escuelas, aclaran la reflexión que hemos iniciado. Comprobamos cómo el ideal espiritual, el enfoque y el estilo pedagógicos del santo De La Salle son vividos hoy día por numerosos educadores, cristianos como él, y como él también, abiertos al Espíritu, preocupados por los valores espirituales, en especial el de la dignidad de la persona, v comprometidos con su promoción.

    La preocupación prioritaria por la formación de los maestros

    Comprometido, casi a su pesar, con la obra de las escuelas de Reims, De La Salle no tardó en darse cuenta de las insuficiencias de los maestros, insuficiencias tales que comprometían el éxito apostólico de la obra e incluso, más radicalmente aún, su perennidad. Insuficiencias espirituales, sin duda, de hombres que “no llevaban una vida... conveniente a las obligaciones tan importantes de los maestros de escuela e incluso para mantenerse en su estado”. Insuficiencias pedagógicas de maestros mal preparados para su misión, desempeñada “sin arte, sin método, sin capacidad suficiente”, suscitando el descontento de los padres.

    De La Salle descubría así, palpándola existencialmente, una llaga denunciada a porfía por numerosos observadores: los maestros de las escuelas de caridad eran, demasiado frecuentemente, mal elegidos, totalmente carentes de preparación, insuficientemente disponibles para su ministerio, demasiado poco estables en su profesión. Todos los análisis concluían en la necesidad de constituir comunidades en las que no se ingresaría sino por convicción de una vocación divina, para consagrarse con desinterés a la educación de los pobres; comunidades que asegurarían la formación profesional y espiritual de los maestros, en las que se mantendría una mística del apostolado por la escuela, en las que cada cual encontraría el apoyo de un entusiasmo común y de una ayuda mutua.

    El carisma esencial de La Salle fue, sin duda, captar esta necesidad y trabajar eficazmente en responder a ella. Supo organizar una comunidad y, crear las condiciones prácticas para su existencia y estabilidad. Particularmente, es la voluntad de consagrar totalmente su comunidad al servicio eficaz de la juventud pobre y abandonada la que explica, fundamentalmente, la decisión inicial, vigorosamente afirmada y defendida por el fundador y los primeros hermanos, de mantener sin excepción el laicado de todos sus miembros. El servicio evangélico de los pobres daba nacimiento, de este modo, a una sociedad religiosa de nuevo cuño.

    De La Salle comprendió muy pronto que la educación espiritual de los hermanos implicaba una atención a su formación profesional: no podrían “anunciar el Evangelio” por su ministerio sino en la medida en que fueran ministros competentes y calificados. El fundador se preocupa, pues, de su preparación técnica. Junto a los consejos espirituales, sus cartas contienen numerosos llamados, breves pero precisos, de orden pedagógico; las reglas comunes para los hermanos contiene varios capítulos sobre el empleo de la escuela, del mismo modo que, además de las “conferencias” espirituales, la Comunidad tiene conferencias pedagógicas cuyos resultados utilizará la Guía de las Escuelas.

    Campos, M. y Sauvage, M.

    Anunciar el Evangelio a los pobres.

    1977. Págs.225-226.

    Personalidad humana y pedagógica

    Intentamos analizar las principales condiciones humanas y pedagógicas que fundamentan y posibilitan la plena y eficaz incorporación del maestro a la dinámica de la relación educativa. Hablamos de la “persona-maestro” y no de la persona del maestro, porque consideramos que su persona debe “consagrarse” plenamente a la acción educativa y que la cualidad del maestro o educador debe afectar de alguna manera a la totalidad de su persona. El magisterio (no la mera docencia) es más una “vocación personal” que una “profesión” o función social determinada. La fórmula “persona-maestro” pretende expresar una profunda unidad interna y personal entre las dimensiones humanas y las pedagógicas de quien hace de la educación su empresa vital más importante y totalizadora de sus energías. Esto no implica. sin embargo. la negación o el debilitamiento de ninguna de sus dimensiones humanas. El verdadero educador no es un “agregado” de hombre y maestro, sino una unidad personal compleja, pero integrada a nivel profundo.

    A partir de ese criterio de unidad e integración. es indudable que no puede salir un buen maestro de un hombre mediocre. El maestro es un hombre-para-la-educación. Se puede considerar también como un “profesional”, un “especialista”, un “técnico” o un “experto” en educación, pero en profundidad. No se trata de “hacer” de maestro de vez en cuando, aunque sea durante todo el horario de la jornada escolar, sino de “ser” maestro desde el fondo de la propia humanidad y personalidad. La personalidad humana es el subsuelo general donde hunde sus raíces toda actividad y todo comportamiento del hombre, cualquiera que sea la dirección particular y específica hacia la que se oriente como profesional.

    La vocación arraiga en lo más íntimo de la persona: es un llamamiento desde el fondo del propio ser a una misión o destino personal e intransferible, relacionado con la mismidad de cada uno v que afecta al sentido último de la propia existencia individual. El fracaso en ese terreno no es un simple fracaso profesional. sino un fracaso humano. Para la autorrealización personal y para el éxito en la vida del hombre como hombre es necesaria la coincidencia y la armonía entre “vocación”, “profesión” y “dedicación”. Nadie triunfa en una profesión que afecta profundamente a la persona y para la que no tiene vocación. En definitiva. la vocación no es simplemente una especie de llamamiento interno sentido en la propia intimidad, sino también un llamamiento de Dios, que, a través de diversas circunstancias personales, pone en cada uno las disposiciones adecuadas para la realización de un determinado proyecto vital.

    La vocación pedagógica –como toda vocación– implica en el sujeto lo que suele llamarse recta intención y aptitud. En virtud de la recta intención, uno asume como objetivos propios de su vida los objetivos y fines connaturales a la profesión que va a aceptar como personal. Sería funesto -por ejemplo, en la profesión pedagógica- proponerse otros fines distintos como fines predominantes; v.gr., ganar dinero o prestigio social. La aptitud incluye todo el conjunto de cualidades físicas, intelectuales, morales, técnicas, etc., necesarias para la actividad pedagógica. No es necesario insistir en el detalle de las mismas, basta apuntar su necesidad.

    La preparación profesional y la dedicación vienen a ser el complemento natural e indispensable para constituir plenamente la personalidad pedagógica, la personalidad del “hombre-para-la-educación”.

    Respecto de la preparación profesional nos limitamos a recordar que el maestro no puede ser considerado nunca como un funcionario del Estado o un simple delegado de las instituciones sociales educativas; sería un atentado a la dignidad de su persona, a la dignidad de su misión educativa y a los derechos de los educandos. Por lo tanto, los organismos estatales o sociales responsables de su preparación profesional y técnica deben subordinar su organización y funcionamiento a esa dignidad y a esos derechos.

    Respecto a la dedicación, se puede afirmar que debe ser plena, pero no principalmente en sentido cronológico (horario de trabajo completamente dedicado a la educación, exclusión de pluriempleo, etc.), sino en sentido psicológico, en cuanto que la persona en su totalidad debe dedicarse a esta misión central en su vida. Esto es una consecuencia de su vocación, si es auténtica, lo cual no implica una merma o debilitación de sus restantes dimensiones humanas y personales, sino una armonización e integración en la unidad de su persona. Estamos, una vez más, situados en un contexto personalista.

    La personalidad pedagógica con todas sus exigencias no se adquiere o posee de una vez y para siempre; es un ideal a conquistar constantemente y del cual nunca lograremos una plena y perfecta realización. Actúa en la vida del maestro como luz y como fuerza vital que le mantiene en tensión dinámica contra la rutina y la mediocridad.

    La faceta más visible del educador es la de profesor o docente, la que le hace aparecer generalmente como maestro. En este aspecto, su misión es enseñar ciencias, doctrinas, normas de conducta... Desde nuestro punto de vista actual sólo nos interesa destacar aquí que el profesor no debe devorar al educador; el maestro es mucho más que un profesor, aunque a veces tengamos el peligro de olvidarlo. Por lo demás, en la práctica es imposible que un profesor sea un mero docente: sus enseñanzas, aun las que parecen más teóricas y alejadas de la vida real, tienen siempre marcadas proyecciones vitales y prácticas; su conducta y su misma persona, con la sola presencia, tiene influjos educativos -buenos o malos- sobre los alumnos. Importa, pues, tomar clara conciencia de ello y asumir generosamente todas las responsabilidades.

    La reflexión anterior nos sitúa ante una nueva dimensión del maestro: quiéralo o no, el maestro es un modelo de conducta para sus alumnos, un modelo positivo o negativo, admitido o rechazado, en un aspecto u otro de la vida, pero modelo. Y no lo es principalmente por su palabra o sus acciones, sino por su propio ser personal: la primera cosa eficaz es el ser del educador, la segunda, lo que él hace; la tercera. lo que él dice”. En este sentido. se ha hablado siempre de la muda predicación del ejemplo. Y es que el “modelo”, a diferencia del jefe, es la encarnación de un valor que invita a la imitación, es un “ideal” encarnado en una persona que influye en la configuración de la vida de otras personas: “el modelo siempre es un valor encarnado en una persona, una figura que se cierne frente a uno o frente al grupo, de tal modo que el alma poco a poco adopta sus rasgos y se transforma: y su ser, su vida, sus actos, se rigen consciente o inconscientemente por él, se afirma, se elogia o se desaprueba y se censura a sí misma según esté en acuerdo o en desacuerdo con él”. El maestro debe tener conciencia de su condición de modelo y, al mismo tiempo, de la natural tendencia -consciente o inconsciente- del niño, del adolescente, y aun del hombre, a la imitación de aquellas personas que consideran como encarnación de algún valor importante en la vida. Al mismo tiempo debe evitar el fomentar una imitación antipedagógica que impidiera al alumno encontrar su propio “ideal personal” y realizarse él mismo como personalidad original y autónoma. El modelo no debe aparecer como un tipo único y perfecto a imitar copiándolo, sino, más bien, como un indicador y orientador para que cada uno encuentre su manera personal de asimilarse a un ideal o arquetipo que supere al educador y al educando

    Gil Rodríguez, M. P.

    La relación maestro-alumno.

    BAC Popular, N°. 9. Madrid, 1977.

    Págs. 165-166, 173-1755 y 184-185.

    La vocación educadora nos aparece hoy con más belleza que nunca, pero a la vez con más incertidumbre que nunca, ante todo por que nuestra sociedad prefiere hombres-cosa a hombres-persona, sujetos consumentes en mansa y pacífica degustación de los productos o ideales que lo son ofrecidos, a los ciudadanos apostados en el puesto de su libertad y decididos a elegir valores, protagonizar destino, crear experiencias y esperanzas nuevas, que sacien no los instintos primarios de tener, gustar y poder, sino aquellos otros verdaderos de ser, amar y servir, con sentido en el mundo y de perdurar en el transmundo.

    González de Cardedal, O.

    Memorial para un Educador.

    Ed. Narcea. Madrid, 1981. Pág. 6

    La comunidad escolar sólo podrá surgir si existe de antemano la comunidad educadora, cuya riqueza depende de la diversidad y unidad entre sus miembros. Por lo cual, deben colaborar gustosos los Hermanos con los seglares, que suministran a la comunidad educadora la aportación irreemplazable de su conocimiento del mundo, de su experiencia familiar, cívica y sindical. Procedan de tal modo, que los maestros seglares estén en condiciones de ocupar dignamente su puesto en toda la vida de la escuela: en la catequesis, los movimientos apostólicos, las actividades periescolares, aun tal vez en las responsabilidades administrativas y de dirección.

    Hermanos de las Escuelas Cristianas

    Declaración sobre el Hermano en el mundo actual

    Roma, 1967. Art. 46.3

    El docente lasallista debe entonces demostrar que ha desarrollado esa personalidad humana y pedagógica. La personalidad human del docente puede demostrarse al desarrollar las virtudes necesarias para llevar a cabo su función y cumplir con la misión lasallista .

    CD 12 Virtudes del Docente Lasallista

    La personalidad pedagógica ha de demostrarse el desarrollar 10 Competencias Docentes desarrollas a continuación.

     

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