LECTURA DE INFORMACIÓN

"Editor en quince días y otras audacias"
(Fragmento)

Roberto Zavala Ruiz

En palabras del palabras del prototipógrafo Stanley Morrison, una máxima del arte tipográfico es no distraer al lector, "ni siquiera con belleza". Muchísimo menos –habría que completar- con la insultante fealdad de esas páginas desequilibradas y oscuras en más de un sentido, malparidas por personas que no ven el blanco papel como posibilidad de disponer signos de inteligencia entre lector y autor, sino como el vacío que habrán de atiborrar cuanto antes para, encima de todo, cobrarnos pronto –y caro- el libricidio.

Como el trabajo doméstico, el editorial sólo se nota cuando no se hace, o cuando se hace mal. Si un lector se fatiga porque un tipo de letra inadecuada le dificulta la tarea de deslizar la vista por las líneas para entender los complejos conceptos del autor o para sufrir y disfrutar esos cuentos, esa novela, andará a los tropezones con los ojos, volverá sobre lo leído una y otra vez, hasta comprender por fin o hasta botar el libro, por que le implica esfuerzo adicional y desproporcionado.

¿De dónde vino el mal? En los últimos años hubo un crecimiento desmedido de negocios que ofrecen servicios editoriales, limitados a veces a la fase de preprensa o, bien –los más audaces-, desde la revisión del original hasta la entrega de ejemplares. Quienes se hallan al frente –salvo las excepciones que convalidan la norma- imaginaron quizá un enriquecimiento lícito y rápido en una actividad poco fatigosa y sencilla. Se equivocaron en todo, pues ni se gana aquí como en la casa de bolsa cuando se tienen recursos y se sabe especular –es decir, cuando se tiene la información privilegiada que da el ser familiar de funcionario de Hacienda o del Banco de México, por ejemplo, para saber cuándo "tomar utilidades", como les gusta decir- ni es labor de poco esfuerzo ni oficio que se aprenda con el Instituto Patrulla o en las (¿desaparecidas?) Academias Vázquez, en cursos de una semana o de quince días.

Nadie dijo, a esos sedicentes editores, que el trabajo editorial se rige por normas que se han ido afinando a lo largo de siglos, con la experiencia acumulada por tipógrafos del mundo entero, por supuesto, pero también con estudios científicos y técnicos de todo tipo.

El ojo se desliza con patines.

Hoy se sabe, que el ojo humano no corre por las líneas de escritura pasando de una letra a otra letra, de un carácter tipográfico al contiguo, sino más bien da saltos y reconociendo conceptos e ideas por las crestas que se forman con las astas o rasgos ascendentes y descendentes de las letras, es decir, que al leer reconocemos lo bloques, como si se tratara de manchas previamente aprendidas. Los correctores de pruebas, en cambio, sí están obligados a leer letra por letra, signo por signo, sin descuidar la ilación, la transición del pensamiento; deben leer, por tanto, gráfica y conceptualmente al mismo tiempo: sin dejar de ver el bosque, detenerse en el árbol, en la rama, y aun en la nervadura de las hojas, si es preciso.

Cuanto más peculiares sean las crestas de las líneas impresas, más fácilmente cumplirá el lector con sus afanes. Esto lo favorecen los patines de las letras, esos rasgos que rematan la letra (de ahí otro de sus nombres: remates) y la distinguen. Por el contrario, cuando se lee un impreso con una familia tipográfica sin patines (se les llama también "de palo seco", pues el palo, asta o bastón del carácter es una mera línea seca, sin desbordamientos horizontales o inclinados), la lectura cuesta más trabajo y resulta fatigosa. Si el texto es breve –una presentación, un programa de mano- apenas se advierte la diferencia, pero el cansancio llega pronto en una lectura de varias horas, puesto que las niñas de los ojos ya no se deslizan suavemente: les hacen falta los patines.

Algo similar ocurre cuando al editor improvisado le da por componer una obra de caracteres de fantasía, recargados de adornos, apropiados quizá para una invitación, un cartel o un anuncio, jamás para un libro. Y es que el primer objeto de la tipografía no es la decoración sino la utilidad.

A otros editores bisoños, el diablo les recomienda escoger una familia para las cabezas, otra para los subtítulos, una más para el texto, una cuarta para las notas... y así, hasta donde den el entusiasmo, la ignorancia, el mal gusto y la disponibilidad de fuentes.El resultado es un texto que más parece muestrario de tipos que un libro en forma.